Hay tatuajes que simplemente están bien hechos, y otros que parecen tener algo más. No es fácil decir qué es, pero se siente. A veces es una mirada, un gesto, una armonía de color o de forma que parece tener alma propia. Es como si el tattoo respirara.

Esa diferencia no está solo en la técnica, sino en el punto desde el que se crea.
Cuando el tatuador trabaja desde la intuición, deja que el proceso tenga un margen de misterio. No todo se planifica, no todo se entiende. Hay decisiones que se toman porque “se sienten bien”, aunque no se sepa explicarlas.
Y suele ser ahí, en ese espacio, donde aparece la vida.

Pero el artista no está solo en ese proceso.
El cliente también llega con su propia intuición, incluso cuando no lo sabe. Nos elige porque algo en nuestro trabajo le resuena, aunque no pueda explicarlo. Confía, se abre, propone. Y en ese intercambio empieza a tomar forma algo que ninguno de los dos podría haber creado por separado.

El ego busca controlar, corregir, asegurarse de que todo encaje.
La intuición, en cambio, busca verdad. No le importa si algo queda perfecto, le importa si vibra, si tiene sentido interior.
Cuando ambos —artista y cliente— se dejan guiar por esa sensación, el resultado suele tener algo auténtico, aunque no sea perfecto.

El gusto también forma parte del proceso, claro. Pero cuando el gusto se convierte en una norma demasiado rígida, la obra se apaga.
Por eso, en cada tattoo hay un pequeño equilibrio entre lo que decidimos y lo que dejamos que ocurra.

Un tatuaje está vivo cuando consigue sorprender incluso a quienes lo han creado.
Cuando artista y cliente sienten que, de alguna forma, el tattoo ya existía y solo había que encontrarlo.