Tatuarse no siempre tiene una gran historia detrás, y no hace falta que la tenga.
A veces lo haces por algo muy concreto, y otras simplemente porque te gusta, porque te lo pide el cuerpo o porque ese momento te lo pide.
Y está bien.
Nos gusta pensar que un tatuaje es para siempre, pero se nos olvida que nosotros no lo somos.
Por eso quizá tenga sentido hacerlo cuando lo sientas, sin miedo al juicio de los demás.
Al final, un tatuaje vive lo mismo que tú: cambia contigo, envejece contigo.
Es permanente y efímero a la vez, como nosotros.
Y cuando lo mires con el tiempo, quizá te recuerde quién eras, qué sentías o por qué decidiste hacerlo entonces. Sin juicio.
En nuestro estudio pasa de todo:
coleccionistas que viajan para tatuarse con artistas a los que admiran por su estilo único,
y personas que llegan por primera vez con una idea que quieren ver bien hecha.
También recibimos, cada dos por tres, a artistas invitados de otras comunidades y del resto de Europa.
Lo anunciamos siempre en redes por si os interesa.
Solo vienen los mejores, y nos cuidamos mucho de ello.
Esto nos permite ofrecer estilos muy distintos, además de lo que ya hacemos habitualmente en el estudio.
Todas las razones valen, pero hay algo que importa en todos los casos: hacerlo bien.
Trabajar la piel con conocimiento, en las mejores condiciones, con criterio y respeto.
Saber aplicar la tinta para que envejezca bien, sin necesidad de acabar en manos de Kitatu.
Esa es la diferencia entre un tatuaje hecho sin prisa y uno que se disfruta toda la vida.
Porque al final, cada tatuaje cuenta algo, aunque solo sea que, en ese momento, te dio la gana.

