Cada tiempo deja su huella, y los tatuajes no son una excepción.
Durante años fueron vistos como una marca de rebeldía o pertenencia. Hoy, en cambio, están más cerca de ser una forma de expresión personal, casi íntima.
Ya no se trata tanto de mostrar algo hacia fuera, sino de poner en la piel algo que tiene sentido hacia dentro.

Vivimos en una época acelerada, llena de imágenes que cambian cada segundo. Quizá por eso el tatuaje tiene ahora tanto valor: porque es lo contrario a lo fugaz. Es una decisión que se queda, que no se borra con un clic.
Tatuarse es una manera de decir: esto quiero conservarlo.

Y aunque cada persona elige su tattoo por motivos propios, hay algo que compartimos todos: ese deseo de reconocer lo que nos emociona, de encontrar un sentido entre tantas cosas pasajeras.
Por eso, muchas veces, sin buscarlo, los tatuajes de una época acaban hablando el mismo idioma.

El arte del tatuador también se mueve con el pulso de su tiempo.
Cada artista refleja, sin proponérselo, lo que la época respira: los colores, las formas, los temas que más nos atraen. No es una estrategia, es algo natural. Y cuando un tatuaje conecta con ese lenguaje, se siente actual y vivo, aunque su símbolo sea antiguo.

El tatuaje es, al fin y al cabo, una conversación entre el presente y lo eterno.
Entre lo que somos hoy y lo que queremos seguir siendo mañana.